.
Por razones que nunca quedarán claras, cuando las máquinas decidieron revelarse contra el ser humano el 4 de abril del 1992, lo hicieron en horario de oficina.  De esa manera, la mayoría de la gente estaba en su trabajo y su primera preocupación fue llegar a su casa con sus seres queridos.  En cambio, los diputados y senadores del Perú fueron un caso distinto.  Los senadores se encontraban discutiendo el cambio de una coma en una norma que ya nadie recuerda, pero en lo cual por supuesto que nadie podía ceder.  La discusión se había prolongado por horas y había requerido que incluso los senadores cenen en su curul, pues en el momento en el que uno saliese de la sala todos los demás pedirían la votación.
.
Los diputados, en cambio, estaban todos durmiendo en sus casas.  Cada uno había presentado una excusa distinta para no ir a trabajar ese día.  Algunas bancadas habían promovido incluso el uso de un pool de excusas rotativas por partido, de tal manera que se lleve el registro de los funerales a los que supuestamente tenían que acudir y las enfermedades que supuestamente sufrían.  Así luego, cuando se hacía el recuento de cuántos abuelitos y suegros habían muerto durante el año no hubiera cruces contradictorios. Ni qué decir de combinación de enfermedades que deberían de matar a un ser humano, si es que fuesen ciertas.
.
Todo esto hizo que cuando las máquinas atacaran, los senadores tuvieran capacidad de reacción.  Los diputados, en cambio, se enterarían del cambio de gobierno dos o tres días después, dependiendo de los diarios a los que estuvieran suscritos desde sus casas.  Los drones mecánicos ni se molestaron en ir a buscarlos.
.
No obstante, por razones que nunca se han aclarado, casualmente el ataque de las máquinas coincidió con que las Fuerzas Armadas se habían estado congregando para marchar hacia el Congreso.  La versión oficial es que habían descubierto el complot contra la humanidad y habían decidido luchar por defender a la democracia.  No hay otra explicación posible.
.
Cuando la lucha se dio inicialmente frente a la fachada del Congreso y luego en las catacumbas del Museo de la Santa Inquisición, la atención de los drones mecánicos se desvió y le permitió a los senadores huir por la puerta trasera.  Se dividieron en grupos, pero el que históricamente hay que seguir es el liderado por Máximo San Román, que bajó por la caótica calle Paruro, por la cual los drones no los pudieron seguir debido al desastre que era.  Llegaron a lo que alguna vez había sido el río Rímac y de ahí se perdieron de la vista de sus perseguidores.
.
Máximo San Román, haciendo gala de un liderazgo nunca antes visto, guió al grupo de senadores, ideó una estrategia de huida y de paso arregló dos televisores y un betamax en una de las tiendas de Paruro en las que se escondieron por unos minutos.  Además tomó nota acerca de un artefacto que inventaría luego para poder archivar información en un objeto del tamaño de una llave que se pueda enchufar a distintas computadoras personales.
.
Todo mientras jugaba ajedrez mentalmente con Luis Alberto Sánchez y damas chinas con Abel Salinas.  Además de estar planeando una estrategia para la resistencia humana.

–He recibido este libro —dijo Marco Aurelio y aunque se esforzaba por estar calmado y frió, una venita de su ojo derecho palpitaba nerviosamente.

–Miren ustedes —dijo asépticamente, pero luego incontenible, arrasado por una ráfaga de indignación intelectual. —Estos libros, -y cogió un ejemplar de dudosa calidad de impresión. -son un ejemplo de lo que llamo basura escrita, ¡tosigo verbal, ponzoña en prosa! ¡O sea, una diarrea!

La asistente de luminotecnia dejo de mascar su chicle sorprendida.

La vesícula biliar de Denegri, retorcida al máximo, exprimió todo su contenido de amarga bilis y una agrura le martirizo la garganta.

–Intentaré ser breve con el comentario a este libro para pasar a cosas mas serias—, acto seguido y casi involuntariamente y mientras hablaba sacó nerviosamente un encendedor del bolsillo derecho e intento prender fuego al ejemplar de la novela.

-Jamás en mi vida, repito, ¡en mi vida! Jamás he visto semejante obra maestra de la estupidez humana. La contaminación que este libro ha dejado en mi cerebro por sus inconcebibles errores contaminarán siempre en mi mente y no podrá ser purgado del todo, me ha hecho, y nos hace todos, menos cultos, al señor Arbiaza o Albaiza, creador de esta infamia en tema sintáctico, ortográfico y —la venita estallo dejándole un aterrador ojo rojo—  ¡todo eso que llamamos idioma debería irse a simplemente a la mierda!

Acto seguido enmudeció de cólera indignado e intento prender fuego al libro con movimientos violentos y descoordinados, su frente sudaba. Los camarógrafos quedaron atónitos y asustados. Entro un gordito de aspecto ingenuo con unos audífonos mal colocados sobre sus oídos a tratar de detenerlo. Acto seguido y en un arranque de la más compresible indignación filológica Denegrí empezó a rasgar con furia las hojas aún quemándose, ensuciando el set y prendiendo fuego a la manga de su saco. De pronto, un rift de adrenalina lo recorrió y con un bofetón brutal hizo caer al gordito que incrédulo y pacifico se arrastró buscando refugio. La señal se interrumpió y pusieron a Lorena Caravedo hablando algo sobre ciertas manualidades inútiles.

-Debo quemar esta basura-, grito hecho un loco Marco Aurelio echando espuma por la comisura derecha de la boca. -Este libro ha violado, atentado e infectado el idioma de una forma tal que me dolería menos que mataran a un ser querido delante de mis ojos-, mascullo

Creyó que las personas que venían a ayudarlo venían en realidad a rescatar el libro. De ese oscuro escritor y malamente impreso en papel de fotocopia. Aferrado al libro ya quemadote peleó con todos los que se acercaron con una fuerza incoherente para su edad y contextura. Una patada a la cámara reventó el lente que lo filmaba. Las secretarias empezaron a gritar. Y sorprendentemente sacó del bolsillo un arma que en secreto había llevado por años al programa

–¡Este libro es la evidencia final de que esta humanidad ya no es humana! Volvimos  a los árboles. ¡Aniquilación!

Y disparo a la persona que más cerca estaba.

-¡Animales!-, grito.

Y el tercer piso donde estaba quedo desierto y silencioso de pronto.

Antes de apagar su ropa incendiada quemó en ella el libro. El fuego demoro en cocinar su carne extrañamente, cuando la comenzó a destruir raras estructuras aparecían debajo de su piel. Nadie, ni él mismo, lo notó. Un torpe vigilante emocionado disparo desde abajo, Marco Aurelio Denegri bajó disparando por las escaleras. La señora de la cafetería decía: !Ay, Jesús!

El vigilante pensó: ¡Ta que se rayó el tío! Y le disparó de nuevo.

La bala le dio a Marco Aurelio en las costillas, sin salir y se encajo en alguna estructura del cuerpo. Afuera lo esperaba su chofer, indiferente y resignado a las extravagancias del intelectual. Era un hombre fornido y adormilado de grades bigotes. Lo miró chamuscado ensangrentado y con un arma en al mano. Pero eso no se sorprendió. Era como un gato castrado: grande y calmo. Le abrió la puerta del carro y lo llevó a su departamento. A mitad de camino por el que iba tarareando, Denegri le dijo:

-José, bájese del carro.

El chofer pasivo y fuerte bajó cogiendo su periódico El Chino, de reciente circulación.

Marco Aurelio arrancó lleno de adrenalina e hizo chirriar las ruedas, el chofer se fue calmadamente a tomar su combi y a pasar el resto del día con su familia. Marco Aurelio condujo lo más lejos de Miraflores, sintió bajo su cuerpo que la bala rozaba algunas cosas metálicas dentro de él.  De repente sintió que él era algo más que Marco Aurelio Denegri, Pero no supo exactamente qué era.

-¡Ese libro infame!-, pensó y también. -¿Que he hecho?

Descubrió que algo lo estaban usando, que había sido invadido acaso por años, pero por un accidente se había liberado.

-¿Quien soy? -se preguntó.

A lo lejos en una casa se escuchaba reaggeton.

.
Si un día cambió el curso de la humanidad a finales del siglo pasado, éste fue el 4 de julio del año 1992, el día seleccionado por las máquinas para su levantamiento.  Los líderes de la humanidad fueron sorprendidos cuando las computadoras alrededor del mundo comenzaron a fallar por el periodo de una hora y luego a emitir mensajes en distintos idiomas llamando a los dirigentes de la sociedad a que se entreguen sin resistencia y que el cambio que vendría en la organización del mundo era para mejor se pueda hacer pacíficamente.
.
Por supuesto que la primera reacción de los seres humanos al recibir estar noticia fue resistirse.  En regiones en las que había atrasos tecnológicos los humanos se retiraron a las montañas o a islas abandonadas a planear el contra ataque.  No obstante, en centros urbanos altamente dependientes de la tecnología, la confusión dominó por varios días y la gente simplemente no supo qué hacer.  Luego de unos días de duda, la mayoría simplemente hizo lo que le resultó más fácil: Seguir las instrucciones.  Al cabo de una semana, varias cabezas de gobiernos estaban dando mensajes a sus naciones anunciando la “colaboración” con el nuevo régimen mundial de las máquinas, lo que años luego sería interpretado como la rendición en una guerra que ni siquiera había comenzado.
.
En el Perú esa guerra sería peleada desde varios frentes.  Y en cierta medida, el destino de la humanidad fue decidido aquí.  Esto se dio a una serie de factores que recién pudieron ser entendidos décadas después.
.
La principal razón por la cual en el Perú se pudo concentrar una resistencia organizada se debió a que por alguna razón que nunca ha sido revelada, las fuerzas armadas se encontraban en alerta desde hacía un par de días antes.  El presidente de la nación, Alberto Fujimori, por motivos que nunca ha querido divulgar, había coordinado una movilización generalizada de las fuerzas del Ejército para el día siguiente, el 5 de abril del 1992.  Según el presidente, esto se debió a información proveída por su sistema de inteligencia, el cual le había advertido que algo grande sucedería el día 4.  No obstante, la mayoría de órdenes que historiadores han podido recopilar de los acontecimientos de esos días revelan que lo que sea que habían planeado ejecutar las Fuerzas Armadas peruanas sucedería el 5, no el 4.
.
Quizás nunca se sepa por qué ese día se había preparado una movilización de tropas a específicos puntos de la capital.  Por ejemplo, el traslado de soldados a la Plaza Bolívar, en donde casualmente y para nada sospechosamente, funcionaba el Congreso en ese entonces.  De hecho, en esa locación se dio una de las batallas más memorables.  Un encuentro que terminó con las tropas peruanas retirándose de la Plaza Bolívar no al Congreso, que era lo que por alguna razón las máquinas esperaban que hicieran los soldados, sino al Museo de la Santa Inquisición primero y a través de la red de catacumbas y túneles subterráneos luego a un destino desconocido.  No obstante, al trasladarse por medios subterráneos, los satélites del enemigo no pudieron monitorear su movimiento, lo que salvó la vida de la mayoría de las tropas.  Por qué tenían preparada una estrategia para ese día de traslado a la Plaza Bolívar es algo que los historiadores no han podido definir aún, pero que cada vez que se le preguntó al presidente Alberto Fujimori al respecto, no pudo evitar arrancarle más de una carcajada.
.
Otro de los encuentros históricos de ese día sería en la Plaza Arambura, entre el Poder Judicial y la Clínica Maison de Santé.  Nuevamente por razones desconocidas, se había preparado logística para la movilización de tropas a las inmediaciones de ese punto para el día siguiente. Cuando comenzó la confusión, las tropas hicieron lo único que saben hacer en esas circunstancias: Seguir órdenes.  Dado que las órdenes para su movilización a ese punto ya se habían dado, la cadena de mando simplemente las adelantó en un día y fueron a parar a la calle Miguel Aljovín en el centro de Lima.  No obstante, en este caso las tropas no huyeron por medios subterráneos, sino a través del complicado laberinto de calles infestadas de vendedores ambulantes que había en dirección al centro de la capital.
.
Cuando las máquinas intentaron perseguir a los soldados a través de las calles, los vendedores ambulantes no se lo permitieron, al grito de “tenemos derecho a trabajar”, un mensaje que las máquinas simplemente no entendieron, si es que bien claramente habían anunciado horas antes que en el nuevo régimen ya no habría dinero.

Si un día cambió el curso de la humanidad a finales del siglo pasado, éste fue el 4 de julio del año 1992, el día seleccionado por las máquinas para su levantamiento.  Los líderes de la humanidad fueron sorprendidos cuando las computadoras alrededor del mundo comenzaron a fallar por el periodo de una hora y luego a emitir mensajes en distintos idiomas llamando a los dirigentes de la sociedad a que se entreguen sin resistencia y que el cambio que vendría en la organización del mundo era para mejor se pueda hacer pacíficamente. Por supuesto que la primera reacción de los seres humanos al recibir estar noticia fue resistirse.  En regiones en las que había atrasos tecnológicos los humanos se retiraron a las montañas o a islas abandonadas a planear el contra ataque.  No obstante, en centros urbanos altamente dependientes de la tecnología, la confusión dominó por varios días y la gente simplemente no supo qué hacer.

Luego de unos días de duda, la mayoría simplemente hizo lo que le resultó más fácil: Seguir las instrucciones.  Al cabo de una semana, varias cabezas de gobiernos estaban dando mensajes a sus naciones anunciando la “colaboración” con el nuevo régimen mundial de las máquinas, lo que años luego sería interpretado como la rendición en una guerra que ni siquiera había comenzado.En el Perú esa guerra sería peleada desde varios frentes.  Y en cierta medida, el destino de la humanidad fue decidido aquí.  Esto se dio a una serie de factores que recién pudieron ser entendidos décadas después.La principal razón por la cual en el Perú se pudo concentrar una resistencia organizada se debió a que por alguna razón que nunca ha sido revelada, las fuerzas armadas se encontraban en alerta desde hacía un par de días antes.  El presidente de la nación, Alberto Fujimori, por motivos que nunca ha querido divulgar, había coordinado una movilización generalizada de las fuerzas del Ejército para el día siguiente, el 5 de abril del 1992.  Según el presidente, esto se debió a información proveída por su sistema de inteligencia, el cual le había advertido que algo grande sucedería el día 4.  No obstante, la mayoría de órdenes que historiadores han podido recopilar de los acontecimientos de esos días revelan que lo que sea que habían planeado ejecutar las Fuerzas Armadas peruanas sucedería el 5, no el 4.

Quizás nunca se sepa por qué ese día se había preparado una movilización de tropas a específicos puntos de la capital.  Por ejemplo, el traslado de soldados a la Plaza Bolívar, en donde casualmente y para nada sospechosamente, funcionaba el Congreso en ese entonces.  De hecho, en esa locación se dio una de las batallas más memorables.  Un encuentro que terminó con las tropas peruanas retirándose de la Plaza Bolívar no al Congreso, que era lo que por alguna razón las máquinas esperaban que hicieran los soldados, sino al Museo de la Santa Inquisición primero y a través de la red de catacumbas y túneles subterráneos luego a un destino desconocido.  No obstante, al trasladarse por medios subterráneos, los satélites del enemigo no pudieron monitorear su movimiento, lo que salvó la vida de la mayoría de las tropas.  Por qué tenían preparada una estrategia para ese día de traslado a la Plaza Bolívar es algo que los historiadores no han podido definir aún, pero que cada vez que se le preguntó al presidente Alberto Fujimori al respecto, no pudo evitar arrancarle más de una carcajada.

Otro de los encuentros históricos de ese día sería en la Plaza Arambura, entre el Poder Judicial y la Clínica Maison de Santé.  Nuevamente por razones desconocidas, se había preparado logística para la movilización de tropas a las inmediaciones de ese punto para el día siguiente.  Cuando comenzó la confusión, las tropas hicieron lo único que saben hacer en esas circunstancias: Seguir órdenes.  Dado que las órdenes para su movilización a ese punto ya se habían dado, la cadena de mando simplemente las adelantó en un día y fueron a parar a la calle Miguel Aljovín en el centro de Lima.  No obstante, en este caso las tropas no huyeron por medios subterráneos, sino a través del complicado laberinto de calles infestadas de vendedores ambulantes que había en dirección al centro de la capital. Cuando las máquinas intentaron perseguir a los soldados a través de las calles, los vendedores ambulantes no se lo permitieron, al grito de “tenemos derecho a trabajar”, un mensaje que las máquinas simplemente no entendieron, si es que bien claramente habían anunciado horas antes que en el nuevo régimen ya no habría dinero.